Hay objetos que uno usa sin pensar demasiado y otros que, con el tiempo, terminan volviéndose parte de la identidad de quien los lleva. Un reloj suele pertenecer a esa segunda categoría. Es como esos detalles que hacen a una persona, que la caracterizan, como un perfume: aunque existan miles y cualquiera pueda comprarlos, uno los siente propios. Incluso a veces hay cierta resistencia a compartirlos, como si revelar cuál usás le quitara algo de esa intimidad que construiste con el tiempo. Y así un poco los “monopolizamos”, porque nos gusta creer en la belleza de lo extraordinario.
Y un reloj es extraordinario, teniendo en cuenta su mágico mecanismo y la precisión con la que funciona. Pero cuando a eso le sumamos una pizca de identidad y valor agregado, se vuelve íntimo y propio, y menos ordinario se puede considerar. Mirándolo como algo del día a día, un reloj empieza a convertirse en una extensión silenciosa de nosotros mismos. Se asocia a nuestra rutina, forma de vestirnos, a ciertos momentos y versiones nuestras. Hay personas a las que uno recuerda con un reloj específico en la muñeca, del mismo modo que recuerda una voz o una manera de hablar.
Quizás por eso ciertos relojes cuestan tanto de reemplazar. No necesariamente porque sean únicos o irremplazables en términos materiales, sino porque terminan asociados a una etapa, a una versión de uno mismo. Hay relojes que quedan inevitablemente ligados a una época de nuestra vida, y cuando volvemos a mirarlos años después, funcionan casi como una cápsula del tiempo. Nos devuelven sensaciones, lugares, personas…
Y tal vez esa sea la verdadera razón por la que terminamos usando siempre el mismo reloj. Porque con el tiempo, deja de sentirse como algo externo. Se vuelve familiar. Propio. Como si absorbiera parte de nuestra rutina y de nuestra historia hasta mezclarse con ellas.
Ahí es donde el reloj cotidiano adquiere un valor distinto. Ya no importa únicamente el diseño, el mecanismo o el material, sino todo lo que estuvo presente para ver. Los días repetidos, las decisiones importantes, los viajes, las conversaciones, las etapas que empiezan y las que terminan. El reloj permanece ahí, silencioso, acompañando sin interrumpir nunca.
