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Por qué elegir un reloj para el Día de la Madre

Hay algo del tiempo que solo entendemos cuando miramos hacia atrás. Mientras sucede parece inmenso, casi inagotable. Vivimos con la sensación de que siempre habrá un día más, otra oportunidad, otro momento. Hasta que un día descubrimos que pasó. Que aquello que creíamos eterno ahora vive en la memoria y que, sin darnos cuenta, también nosotros fuimos cambiando con los años.

Con mamá sucede algo parecido. Durante mucho tiempo su presencia tiene algo de permanente, de conocido, casi de hogar. Crecemos bajo esa certeza y quizás por eso tardamos tanto en comprender que el tiempo compartido también avanza. Hay algo profundamente humano en creer que las personas que amamos van a estar siempre ahí, como si el cariño pudiera dejarlas al margen del paso de los años. Pero crecer también significa descubrir que el tiempo juntos nunca debería darse por sentado.

“Las madres y sus hijos pertenecen a una categoría propia. No hay un vínculo tan fuerte en todo el mundo. No hay amor tan instantáneo e indulgente”.
— Gail Tsukiyama

Tal vez por eso regalar un reloj para el Día de la Madre pueda tener un significado mucho más profundo que el de un objeto elegido para una fecha especial. Un reloj es, de alguna manera, el tiempo disfrazado de regalo. Una forma de llevarlo cerca, sobre la piel, y sentir su presencia aun cuando no lo estamos mirando. Sus agujas avanzan en silencio, como avanzan tantas cosas importantes en la vida: lentamente, casi sin que lo notemos, hasta que volvemos la vista atrás y descubrimos cuánto camino quedó detrás.

Pero un reloj no tiene por qué hablarnos solamente del tiempo que se va. También puede recordarnos el que tenemos. Ese que está sucediendo ahora mismo y que tantas veces dejamos pasar pensando en lo que viene después. Quizás ser conscientes del tiempo no signifique vivir pendientes de las horas, sino justamente lo contrario: entender que cada una es irrepetible y que compartirlas con las personas que queremos es una de las formas más sinceras de darles valor.

Ahí está lo especial de elegir un reloj para mamá. Más allá de su diseño, de cómo se siente en la muñeca o de cómo termina formando parte de su manera de vestir, existe algo íntimo detrás del gesto. Es regalarle un símbolo de todo lo vivido y, al mismo tiempo, de todo lo que todavía queda por vivir. Una especie de promesa silenciosa de seguir encontrándonos en el tiempo, de no dejar que los días pasen siempre inadvertidos.

Y quizás, dentro de algunos años, ese mismo reloj ya no sea solamente un reloj. Los objetos también guardan memoria. Se impregnan de las épocas que atravesaron, de las personas que los eligieron y de las historias que ocurrieron mientras estuvieron ahí. Lo que alguna vez fue un regalo para el Día de la Madre puede terminar convirtiéndose en algo mucho más difícil de nombrar: una pequeña parte de una historia compartida.

Por eso, regalar un reloj puede ser también una manera de decir aquello que no siempre decimos. Que valoramos el tiempo que pasó, pero sobre todo el que todavía tenemos. Que queremos estar presentes mientras sucede. Que entendimos, quizás un poco tarde como suele ocurrir con las cosas importantes, que el tiempo no se guarda para después.

No podemos detenerlo ni hacer que vuelva. Pero podemos aprender a habitarlo de otra manera. Y quizá ahí esté el verdadero sentido de este regalo: no contar las horas, sino hacer que cuenten.

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